—¡Aléjate de mí! —gritó Miranda con la voz quebrada por el dolor—. ¡No eres nada para mí! ¡Solo eres un traidor!
Sus palabras resonaron en el cementerio como una sentencia.
El viento frío agitaba su cabello oscuro mientras las lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas. Acababa de despedirse de su padre, el ataúd ya descansaba bajo tierra, y el único consuelo que deseaba era quedarse completamente sola.
Joaquín sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Jamás imaginó que la mujer