Afuera del quirófano, el tiempo parecía haberse detenido.
Los largos pasillos del hospital estaban casi en silencio. Solo el sonido intermitente de los monitores, el ir y venir de los enfermeros y el murmullo lejano de algunas conversaciones rompían la calma del lugar.
La señora Kirland permanecía sentada frente a las puertas del quirófano con un rosario entre las manos.
Sus labios no dejaban de moverse.
Rezaba una y otra vez, pidiéndole a Dios que salvara a su hijo.
Cada cuenta del rosario iba