Tom salió apresuradamente del hospital con el corazón latiéndole con fuerza.
Ya no tenía ninguna duda.
Había escuchado con sus propios oídos la orden que el jefe de guardias había dado por teléfono.
No era una amenaza vacía.
Iban a asesinar a Miranda.
Y esta vez no pensaban cometer ningún error.
Sacó su teléfono móvil con manos temblorosas y marcó rápidamente el número de los hombres de confianza que todavía le eran leales.
—Escúchenme con atención —ordenó apenas respondieron—. Necesito que prep