—¿Qué dices, Miranda?
La voz de Joaquín resonó en la habitación, cargada de incredulidad.
Durante unos segundos, Miranda no respondió. Lo miró fijamente mientras su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho, aunque por fuera mantenía una expresión tranquila, casi indiferente.
Por dentro, era diferente.
Había pasado demasiado tiempo fingiendo.
Demasiados días sonriendo cuando quería llorar. Demasiadas noches esperando una palabra amable de un hombre que parecía verla como una responsabilidad y