—Ella es buena, Joaquín. Está dispuesta a soportar tus circunstancias. Sabe que tienes una discapacidad y, aun así, está dispuesta a quedarse contigo.
Joaquín retiró lentamente su mano de la de su madre.
—No.
La señora Kirland suspiró.
—Hijo...
—No vuelvas a decir eso.
Su voz se endureció.
—No habrá otra mujer.
La anciana lo observó con tristeza.
—Joaquín, escucha...
—No.
Esta vez la interrumpió.
—No importa cuánto me digas que Liliana está dispuesta a aceptarme. No quiero que nadie me acepte po