El día diecinueve no empezó con prisa.
No hubo sobresalto, ni ese instante breve de desorientación que alguna vez marcó sus despertares. Erika abrió los ojos lentamente, como si no necesitara confirmar dónde estaba porque su cuerpo ya lo sabía antes que su mente. La habitación se desplegó frente a ella con la misma precisión de siempre: líneas limpias, luz medida, silencio contenido. Pero algo en su forma de percibirlo había cambiado.
No lo analizó.
Lo registró.
Y eso hizo toda la diferencia.
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