**ÚRSULA**
El silencio se espesó aún más, denso como una niebla que lo cubría todo, cortado únicamente por el pitido monótono y regular de las máquinas. Ese sonido, constante e impasible, era la única señal de que la vida aún se aferraba a aquel cuerpo postrado. Luego, uno de ellos —el más impaciente, el más frío— dejó escapar un suspiro. No fue un suspiro de cansancio, sino de impaciencia, casi de fastidio. Un gesto involuntario que, sin quererlo, reveló lo que verdaderamente eran: hombres de