Fabrizio miró la hora en su reloj, desesperado por llegar a su hotel. Era las ocho de la noche, por lo que debía ser las nueve en casa. Se había tardado más de lo esperado en el aeropuerto. Y por cómo estaba el tráfico en las calles de Madrid, todavía tardaría al menos media hora más antes de llegar a su hotel.
Recostó la cabeza en el espaldar de su asiento e intentó pensar en algo más que en sus ansias de hablar con Cloe. Pero eso era algo difícil cuando lo único que venía a su mente eran imág