Fabrizio había tenido claro desde el principio que ganarse el perdón de Cloe no sería nada fácil. Lo mejor que podría hacer era dar un paso al costado y dejarla continuar con su vida, pero no era así de caballero y no pensaba rendirse. Había visto la mirada en sus ojos, sabía que ella aún sentía algo por él y se iba a aferrar a eso como si su vida dependiera de ello. Tal vez el momento de ser honesto había llegado.
Abrió el grifo de la bañera y regresó a la habitación con la decisión renovada.