—Naia ¿estás respirando? —indagó él con una sonrisa, para lograr que hablara, pero ella continuaba sin aliento.
Las palabras se habían ido así como su raciocinio.
—Fui precipitado, lo sé, lo siento, olvida lo que te acabo de decir. No quería asustarte, cuando terminemos el recorrido los llevaré al apartamento y yo volveré a la casa. Está bien, no tienes que preocuparte, no te obligaré a hacer algo que no quieras, y el que me rechaces no significa que vayas a quedar sin empleo o desprotegida. To