Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron una locura absoluta, sin dormir casi nada, sin descanso, moviendo cada pieza del tablero con la mayor discreción posible porque sabíamos que cualquier paso en falso nos podía costar todo. La campaña de desprestigio que lanzaron Don Armando y Camila fue brutal y muy bien orquestada: noticias falsas, documentos alterados, testigos pagados, rumores por todos lados diciendo que yo solo me había acercado a la familia Ruiz por dinero, que Dante y yo habíamos planeado durante años destruirlos por venganza antigua, que habíamos atentado contra la vida de Alejandro. Las acciones de ambas empresas cayeron en bolsa de forma estrepitosa, clientes dudaban, la prensa nos daba por culpables sin haber oído siquiera nuestra versión.
Muchos habrían salido corriendo a defenderse desesperados, a gritar, a dar entrevistas por todos lados. Dante y yo hicimos exactamente lo contrario: nos callamos. No salimos en ningún noticiero, no dimos declaraciones, no respondimos ataque con ataque. Solo nos limitamos a trabajar en silencio, a reunir cada prueba, cada registro, cada correo, cada grabación que habíamos ido guardando durante años, y a preparar todo para la noche de la gala benéfica de la Catedral de San Cristóbal, el evento más importante, más visto y más exclusivo de la agenda social del año, al que asistirían autoridades, prensa, empresarios, familias poderosas de todo el país. Allí, y solo allí, diríamos la verdad entera de una sola vez.
—Si salimos ahora a responder de a poquito —me explicó Dante una noche mientras revisábamos mapas y documentos hasta el amanecer, con las cabezas casi tocándose sobre la mesa llena de papeles—, ellos van desmintiendo una por una y van ganando terreno. Tenemos que dar un solo golpe tan fuerte, tan completo y tan irrefutable, que no les quede ni el más mínimo espacio para mentir ni responder nada. Tiene que ser definitivo.
Lo más difícil y doloroso fue descubrir quién era el traidor de adentro. Revisamos accesos, horarios, llamadas, movimientos bancarios de todo el equipo cercano, y al final la prueba cayó solita en nuestras manos como una puñalada por la espalda: era el primo de Dante, el que había criado casi como un hermano, el que estaba a su lado desde la infancia, el segundo al mando de todo el imperio. Vendía cada detalle, cada reunión, cada plan desde hacía más de tres años a cambio de una fortuna en cuentas de paraísos fiscales y la promesa de quedarse con la mitad de las empresas cuando todo terminara. No hubo gritos ni escándalos grandes. Dante lo enfrentó solo, en silencio, lo despidió de inmediato, lo apartó de todo sin darle la menor oportunidad de justificarse, y tomó medidas de seguridad extremas desde ese mismo instante. Me contó después, abrazándome fuerte, que esa traición dolió casi tanto como la muerte de Adrián.
—La gente en la que más confías —me dijo muy bajito con la voz rota—, son siempre los que más capacidad tienen de romperte por completo.
La noche antes del gran evento, Camila me llamó por teléfono a mi número personal directamente, sin ocultar ya nada, sin voz distorsionada, sin números privados. Contesté con el altavoz encendido y Dante escuchó todo a mi lado.
—Qué divertido es todo esto —empezó riendo bajito, su voz dulce y venenosa recorriéndome la espalda como hielo—. Se creen muy listos, ¿verdad? Creen que por tener unas hojas de papel y unas cuentas ya ganaron. Qué tiernos. Mañana en la iglesia, yo voy a destruirlos delante de todos de una forma que ni en sus peores pesadillas se imaginaron. Tengo una sorpresa guardada para ti, Valeria. Algo que va a hacer que hasta tu propia madre se avergüence de haberte parido.
—Haz lo que quieras —le respondí con la mayor calma y frialdad que fui capaz—. Tú misma te estás cavando la tumba sola. Mañana termina todo. Para siempre.
Ella soltó una carcajada larga, fría y vacía, y cortó sin despedirse.
Esa misma noche, después de asegurar cada detalle por última vez, nos quedamos solos en el gran salón principal de la casa de Dante, frente a la gran ventanal que daba a toda la ciudad iluminada de noche. Me tomó entre sus brazos con infinita suavidad, me puso las manos sobre el rostro y me miró fijamente a los ojos, serio, profundo, como si me estuviera grabando el alma en la memoria.
—Pase lo que pase mañana —me dijo muy lento, asegurándose de que cada palabra me entrara hasta el fondo—, estemos vivos o muertos, ganemos o perdamos… haber conocido tu amor, haber sido amado por ti, ya es para mí la victoria más grande de toda mi vida. Nada ni nadie me puede quitar eso. Eres lo mejor que me ha pasado jamás, Valeria Montalvo. En esta vida y en las que vengan.
Nos besamos largo rato, despacio, con el corazón abierto del todo, sin miedos ya a nada ni nadie. Esa noche por primera vez dormimos abrazados por completo, sin secretos, sin barreras, sin nada entre los dos, encontrando por fin la calma que ambos habíamos estado buscando solos durante muchísimos años.
Al día siguiente, horas antes de entrar a la iglesia, recibimos la última pieza del rompecabezas que nos faltaba, enviada de forma anónima como siempre: la ubicación exacta del documento original completo, el que tenía las huellas, las fechas y las confesiones de todo. Estaba guardado en la cámara acorazada que está debajo del altar mayor, el mismo lugar donde yo estuve parada cuatro años atrás esperando un «sí quiero» que nunca llegó.
Todo, absolutamente todo, daba vueltas y regresaba al mismo sitio. Abandonada en el altar, traicionada en el altar, y ahora… la justicia también se haría allí mismo.