Capitulo 13: EL DESPERTAR

Pasaron menos de doce horas desde que salimos corriendo del puerto cuando recibimos la llamada que cambió una vez más todas las reglas del juego. Era la enfermera jefe del hospital: Alejandro Ruiz había despertado. Había salido del estado crítico, reconocía a la gente, hablaba, y lo primero que había dicho con la voz ronca y débil fue que quería vernos solo a nosotros dos, a Dante y a mí, sin su padre, sin Camila, sin policías, sin absolutamente nadie más.

Llegamos en cuanto nos lo permitieron. La habitación estaba en silencio, las cortinas corridas para que la luz no le lastimara los ojos, mil cables y tubos conectados a su cuerpo. Estaba pálido, demacrado, moretones por todas partes, la mirada verde que antes era brillante y arrogante ahora estaba apagada, cansada, llena de una tristeza tan profunda que parecía pesarle en el pecho. En cuanto nos vio entrar en la habitación, intentó incorporarse de inmediato, a pesar del dolor que le recorría todo el cuerpo, y antes de que pudiéramos decir ni hola, rompió a llorar de verdad, fuerte, desgarrado, como no lo habíamos visto nunca en toda la vida.

—Perdón —fue lo único que atinó a decir, una y otra vez, entre sollozos que le sacudían todo el cuerpo—. Perdóname a los dos. A ti Valeria por haberte roto el corazón, por haberte humillado delante de todos, por haber sido el cobarde más miserable sobre la tierra. Y a ti Dante… perdóname por haber creído durante siete años que yo fui quien mató a tu hermano. Me lo hicieron creer. Me lo hicieron tragar hasta el fondo. Y yo me lo creí. Me odié todos estos días por algo que ni siquiera hice yo.

Nos quedamos en silencio largo rato, dejándolo sacar todo el dolor que llevaba dentro atrapado desde que era muy joven. Luego, poco a poco, con la voz entrecortada y débil, nos contó todo lo que recordaba de esa noche de lluvia hacía siete años, y todo lo que había ido descubriendo en pedacitos durante el último año:

—Ella tomó el volante un momento. Yo iba mareado, había bebido muy poquito, nada para perder el control. Ella dijo que me ayudaba, y de repente giró con fuerza a propósito. Vi todo. Vi cómo cerraba el paso. Vi el impacto. Cuando desperté en el hospital, mi padre ya estaba allí, me dijo: tú fuiste al volante, tú tomaste, tú eres el culpable, si dices algo te vamos a perder todo. Camila apareció con el papel firmado por el perito que él mismo había sobornado. Me vendieron la mentira tan bien, que hasta mi propia mente empezó a borrar lo que realmente vi y a inventar recuerdos falsos donde yo era el asesino. Hasta hace poco, cuando encontré el informe médico verdadero oculto en los libros de contabilidad viejos… me di cuenta de que nunca tuve la culpa. Fui el chivo expiatorio perfecto para los dos.

Don Armando. Siempre Don Armando. Él sabía desde el minuto cero que Camila había provocado el choque a propósito por celos y por dinero, y en vez de denunciarla, vio la oportunidad perfecta: atar a su hijo para siempre a su voluntad por culpa, controlar a la chica con el secreto y limpiar todo con dinero y contactos para que el apellido Ruiz nunca saliera manchado. Incluso la boda conmigo había sido idea de él desde el principio: pensó que casándolo con una mujer tranquila, buena, sin apellido poderoso, Alejandro se mantendría dócil, controlado, sin preguntas, sin rebeliones. Cuando Camila regresó y empezó a pedir más y más poder, él pactó con ella de nuevo: la boda interrumpida fue planeada por los dos semanas antes. Alejandro solo fue un títere que movieron de un lado a otro sin que él entendiera nada.

—Y el accidente de hace dos noches —agregó con los ojos llenos de rabia contenida—, yo lo vi. No fallaron los frenos solos. Alguien chocó por detrás con fuerza, muy fuerte, y luego se fueron. Sé que fue él. Mi propio padre quiso matarme. Solo porque le dije que ya no tenía miedo, que iba a decir toda la verdad, que ya no me importaba ni la cárcel ni nada con tal de que todo saliera a la luz.

Dante estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con los puños apretados con fuerza hasta que los nudillos estaban blancos. Llevaba siete años odiando al hombre equivocado, cargando odio y dolor hacia quien en el fondo también era otra víctima más del poder y la mentira. Se giró muy despacio, caminó hasta la cama, y extendió la mano hacia Alejandro. No hubo discusiones, ni gritos, ni reproches. Solo dos hombres a los que el mismo villano les había destrozado la vida, encontrando por fin la verdad en medio de todo el desastre.

—Te creo —dijo Dante con voz grave y tranquila—. Hace tiempo que algo dentro de mí me decía que las cosas no encajaban del todo. La culpa no es tuya. El verdadero asesino y el verdadero traidor sigue caminando libre por ahí, riendo de todos nosotros. Y vamos a hacer que pague por absolutamente todo.

Mientras hablábamos, entró mi madre acompañada de Sofía, trayendo ropa limpia y cosas para la habitación, y en la mano de Sofía vi un sobre cerrado que me entregó en silencio a la salida. Llegó por correo certificado, sin remitente, adentro solo una hoja escrita a máquina:

Don Armando y Camila tienen todo listo. Vuelos privados reservados para dentro de cuatro noches, después de la gala. Se llevan todo el dinero líquido, las obras de arte y las cuentas en el extranjero, y dejan a todos aquí cargando con la culpa y las deudas. Tienen cómplices incluso dentro de la policía y la fiscalía. No confíen en nadie que no sea solo los cuatro. Y cuidado: hay alguien más muy cercano a Vásquez que también está vendiendo información desde hace años.

Nos miramos los tres helados. Alguien del círculo íntimo de Dante, alguien de su confianza absoluta, trabajaba para el enemigo. Alguien que sabía cada movimiento, cada plan, cada paso que dábamos antes siquiera de que nosotros lo decidiéramos. Eso explicaba por qué siempre parecían ir un paso por delante, por qué nos esperaban en el puerto, por qué sabían que habíamos estado en la mansión. Tenemos una serpiente en nuestra propia casa, y no teníamos ni la menor idea de quién podía ser. Rodrigo, su abogado de toda la vida, los jefes de seguridad, los socios de siempre… cualquiera podía ser.

Esa misma tarde, mientras veíamos las noticias en la televisión del hospital, salió en vivo la conferencia de prensa que Don Armando había dado hacía una hora. Estaba serio, solemne, con la mano en el corazón, hablando con total naturalidad y mentiras perfectamente ensayadas: decía que su hijo estaba luchando por su vida, que habían sufrido un atentado por parte de enemigos comerciales, y nombró abiertamente al Grupo Vásquez y a Montalvo Estudio como los responsables de todo, diciendo que actuábamos por envidia y por venganza por cosas del pasado. Difamación pura y dura, hecha para destruir nuestra reputación antes de que nosotros pudiéramos siquiera abrir la boca.

—Están acelerando todo —dijo Dante frunciendo el ceño, con la mirada fija en la pantalla—. Saben que se nos está acabando el tiempo igual que a ellos. La gala de la catedral ya no es solo una oportunidad. Es la única noche que nos queda.

Alejandro asintió con fuerza desde la cama, a pesar del dolor, y nos miró a los dos con una determinación nueva que no habíamos visto jamás:

—Yo voy. Aunque tenga que ir en camilla, aunque me cueste la vida. Esa noche yo mismo voy a pararme frente a todos y voy a decir quién es realmente mi padre. Y quién es realmente ella.

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