La noche había caído por completo sobre Santo Domingo cuando Valeria comprendió que, después de tantos años, por fin podía recordar el pasado sin sentir que algo se desgarraba dentro de ella.
El viento recorría el jardín con suavidad, agitando las hojas de los árboles y llevando hasta el porche el perfume de las flores que habían plantado durante sus primeros años en aquella casa. A lo lejos se escuchaba el canto persistente de los grillos y, sobre ellos, la luna llena permanecía suspendida en