El crujido de la madera al romperse les heló la sangre. Javier empujó a Valeria hacia un pasadizo estrecho que daba al patio trasero, mientras varios hombres armados irrumpían ya en la sala.
—¡Corre! No te detengas por nada —le gritó él, empuñando un viejo revólver—. ¡Llega hasta el final de la calle, busca el coche aparcado junto al farol azul! ¡Y no confíes en nadie que no sea yo o Sebastián!
Valeria quiso quedarse, pero él la empujó con fuerza hacia la salida. Corrió entre las sombras, escuchando detrás los gritos y el estruendo de disparos. El corazón le latía tan fuerte que sentía que le iba a estallar en el pecho; apretaba contra su pecho la llave y el sobre como si fueran su propia vida. No podía perderlos, no después de todo lo que habían sufrido.
La lluvia empezó a caer de golpe, fuerte y pesada, típica de las tardes de Santo Domingo, borrando las huellas y cubriendo el sonido de sus pasos. Resbaló por las piedras húmedas, pero se levantó enseguida, con las manos raspadas y el dolor ignorado. Al llegar a la calle, vio el coche que le había indicado su tío… pero justo cuando iba a acercarse, dos hombres salieron de la oscuridad y se abalanzaron sobre ella.
—¡Déjenme! —gritó forcejeando, golpeándolos con todas sus fuerzas—. ¡No saben quién soy!
—Lo sabemos muy bien —dijo uno con voz áspera—. La orden es traerte viva… o muerta.
De repente, el sonido de un motor potente rasgó la noche. Un coche negro frenó en seco entre ellos y la luz de los faros los cegó. Una figura alta saltó de un salto y en dos zancadas llegó hasta allí: Sebastián. Con furia incontrolable golpeó a uno de los hombres, mientras su seguridad se encargaba del resto. En segundos los atacantes estaban en el suelo, inmovilizados.
Valeria seguía temblando, apoyada contra la pared mojada, sin poder creer lo que veía. Él se acercó despacio, con el pecho agitado, los ojos llenos de una mezcla de rabia y terror. Cuando la vio herida en la frente y con la ropa rota, su rostro se descompuso.
—¿Estás herida? —preguntó con voz ronca, queriendo tocarla pero deteniéndose a medio camino, como si tuviera miedo de que ella se alejara—. ¡Dime que no te han hecho nada grave!
—¿Cómo… cómo has llegado hasta aquí? —alcanzó a decir ella, con la voz entrecortada.
—No lo sé… algo me decía que te necesitabas —respondió él bajito, y por un instante todo el orgullo y las dudas se desvanecieron en sus ojos—. He estado siguiendo a mis hombres, he visto todo lo que ha pasado. Valeria… perdóname por lo que te dije. No debí creer las palabras de mi madre sin escucharte primero.
Ella sintió que las lágrimas se mezclaban con la lluvia fría. Quería abrazarlo, quería decirle que todo estaría bien, pero justo en ese momento vio cómo Javier salía cojeando de la callejuela, con un brazo sangrando, perseguido por más hombres.
—¡Es mi tío! ¡Tienen que ayudarle! —gritó ella señalando.
Sebastián no dudó ni un segundo. Dio una orden a su gente para que protegieran a Valeria y ayudaran a Javier, y él mismo corrió hacia allá. Cuando la pelea terminó y los atacantes huyeron o fueron capturados, todos se reunieron bajo el alero de una vieja puerta para protegerse de la lluvia. Javier se apoyaba en la pared, pálido pero con una media sonrisa al ver que Valeria estaba a salvo.
—Gracias —le dijo a Sebastián—. Si no hubieras llegado, ahora mismo ella estaría en manos de tu madre.
Sebastián se tensó al escuchar eso, miró a los dos y luego fijó la vista en Valeria con una seriedad que le hizo dar escalofríos.
—Ya he visto suficiente, ya he oído suficiente —dijo él—. Sé que mi madre me ha mentido toda mi vida. Pero necesito que ustedes me digan toda la verdad, sin ocultarme nada. ¿Qué pasó realmente hace diez años? ¿Dónde está la prueba que demuestra que ella es la culpable de todo?
Valeria sacó de su pecho la llave y el sobre, con las manos aún temblorosas.
—La prueba está en una caja de seguridad. La dejó tu padre, solo nosotros podemos abrirla. Allí está todo: contratos, grabaciones, la carta donde cuenta cada paso que ella dio para destruir a mi familia… y también la suya.
Sebastián tomó la llave que ella le entregó con mucho cuidado. Sus dedos rozaron los de ella, y ese simple contacto hizo que ambos sintieran que nada había terminado entre ellos, que su amor estaba más vivo que nunca, aunque estuviera rodeado de sombras y mentiras.
—Entonces iremos juntos —dijo él mirándola a los ojos, con una determinación firme—. Iremos juntos a buscar la verdad. Y juro que haré justicia, aunque tenga que enfrentarme a mi propia madre. No permitiré que nadie te vuelva a hacer daño. Nunca más.
En ese momento, el teléfono de Sebastián sonó. Era su madre. Miró la pantalla con frialdad y lo rechazó sin dudarlo. Guardó el teléfono y tomó la mano de Valeria entre las suyas, calentándosela.
—A partir de ahora, estamos del mismo lado. Tú y yo contra todo y contra todos.
Mientras tanto, en la mansión, Doña Adela miraba el teléfono con la cara desencajada. Sabía que si ellos llegaban a abrir esa caja, todo su imperio, todas sus mentiras, se derrumbarían para siempre. Llamó a un número y contestó con voz fría y cruel:
—No importa lo que cueste. No dejes que lleguen a esa caja de seguridad. Si es necesario… elimínalos a los dos. Ya no me importa nada.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, pero la tormenta que estaba por desatarse sería mucho peor. La verdad estaba a punto de salir a la luz… y nadie podría detenerla.