El coche avanzaba entre la cortina de lluvia, y el silencio dentro solo se rompía por el sonido de los limpiaparabrisas. Sebastián conducía con las manos firmes en el volante, pero cada pocos segundos buscaba con la mirada a Valeria, sentada a su lado. Javier iba atrás, vendándose el brazo herido, con la mirada puesta en la calle para asegurarse de que nadie los seguía.
—Mañana temprano iremos al banco —dijo Sebastián de repente, con voz grave—. Hasta entonces no nos separamos. Mi madre es capaz de cualquier cosa ahora que sabe que estamos juntos.
Valeria asintió apretando la llave contra su pecho. Sentía su mano cálida sobre la suya, y ese simple contacto le devolvía la fuerza que creía perdida. Aún no podía creer que él estuviera ahí, a su lado, dispuesto a enfrentarlo todo por la verdad.
—¿Estás seguro? —preguntó ella bajito—. Cuando veas lo que hay dentro… puede que te duela más de lo que imaginas. Es tu propia madre…
—Me dolería más vivir toda la vida engañado, y haber sido tan cruel contigo sin razón —respondió él mirándola fijamente a los ojos—. Lo que pase, lo enfrentaremos juntos. Eso te lo prometo.
Llegaron a una casa segura, propiedad de un viejo amigo de confianza de Sebastián, lejos de miradas y oídos curiosos. Mientras Javier descansaba para recuperarse, los dos se quedaron solos en la terraza mirando cómo la tormenta azotaba la ciudad. Sebastián se acercó despacio, le apartó un mechón de pelo mojado de la frente y acarició suavemente el moretón que tenía en la mejilla.
—Perdóname —susurró con voz quebrada—. Por haber dudado de ti, por haberte gritado, por no haberte escuchado antes. Jamás me lo perdonaré.
—Yo también tuve miedo —respondió ella con lágrimas en los ojos—. Miedo de que creyeras sus mentiras, de que me odiaras para siempre. Pero sabía que en el fondo tú sabías que yo nunca te traicionaría.
Él la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que estaba ahí, viva y a salvo. Bajo la lluvia que aún caía suavemente, se besaron: un beso lleno de todo el dolor acumulado, de la nostalgia, pero sobre todo de un amor que ni las peores mentiras habían logrado romper.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, se dirigieron al banco más seguro del centro de Santo Domingo. Todo transcurrió en silencio: presentaron los documentos, la llave, y cuando la caja de seguridad quedó frente a ellos, los tres contuvieron la respiración.
Sebastián abrió la tapa lentamente. Dentro había un sobre cerrado con su nombre, varias carpetas gruesas, y una grabadora antigua. Lo primero que tomó fue la carta de su padre. Sus manos temblaban al leerla en voz baja:
“Si estás leyendo esto, significa que la verdad ha salido al fin. Mi hijo, perdóname por no haberte podido decir esto en vida. La mujer que te criaste no es quien crees: destruyó a la familia de los Del Villar, nos robó, y planeó todo para quedarse con el imperio. Y hay algo más que nunca debes olvidar: Valeria no es solo la hija del hombre que ella acusó injustamente… ella es la niña que salvaste de morir ahogada cuando erais pequeños, en la playa de Juan Dolio. El destino la ha puesto en tu camino para que tú puedas arreglar lo que ella rompió. Cuídala, ámala, protégela… porque ella es lo mejor que te ha dado la vida.”
Sebastián dejó el papel sobre la mesa, con los ojos llenos de lágrimas y la respiración entrecortada. Miró a Valeria con una expresión de asombro y ternura infinita.
—Eres tú… siempre fuiste tú —dijo con voz rota—. Nunca pude olvidar a esa niña pequeña a la que juré proteger siempre… y eras tú. Tú eras ella.
Valeria se llevó las manos a la boca, sin poder creerlo. Ese recuerdo borroso de un niño valiente que la salvó la vida… era él. El destino los había unido mucho antes de que ninguno de los dos lo imaginara.
Javier tomó entonces las carpetas y la grabadora.
—Aún hay más. Aquí está la prueba definitiva: grabaciones, transferencias falsificadas, y testigos que confirmarán todo lo que hizo Doña Adela. Ahora ya no tiene escapatoria.
Justo en ese momento, las puertas de la sala se abrieron de golpe. Doña Adela entró acompañada por dos guardias del banco, con el rostro desencajado y los ojos llenos de rabia descontrolada.
—¡Traidor! —gritó mirando a su hijo—. ¡Tú eres mi sangre y te pones del lado de ellos contra mí! ¡Todo lo que he hecho ha sido por ti, por darte un futuro!
—¡No! —respondió Sebastián levantándose, con voz firme y dolorosa—. Lo has hecho por codicia, por poder, destruyendo vidas inocentes. ¡Papá lo sabía, y me dejó claro que yo tengo que hacer justicia! ¡No eres la mujer que yo creí!
—¡Si no puedo tenerte a mi lado, nadie tendrá nada! —gritó ella desesperada, sacando un arma oculta y apuntando primero a Valeria—. ¡Te mataré antes de que destruyas todo lo que construí!
Sebastián se puso delante de Valeria de un movimiento, protegiéndola con su propio cuerpo.
—Si vas a disparar… dispárame a mí. Pero nunca le hagas daño a ella. Recuerda lo que dice esa carta: ella es la persona que el destino puso en mi vida para protegerme. Y yo la defenderé con mi propia vida.
El silencio en la sala fue absoluto. Doña Adela temblaba, con el arma en la mano, dividida entre la rabia y el dolor de ver a su propio hijo en su contra. Pero antes de que pudiera hacer nada, la policía —a la que Sebastián había avisado discretamente antes de entrar— irrumpió en el lugar y la detuvieron antes de que cometiera una locura.
Cuando se la llevaron esposada, miró a su hijo con una expresión que mezclaba odio y desesperación. Pero Sebastián ya no dudaba. Se giró hacia Valeria, la tomó entre sus brazos y la besó con toda el alma, mientras Javier lloraba de emoción viendo que por fin, después de diez largos años, la verdad había triunfado.