Lucía llegó a la cafetería doce minutos antes de las diez y se arrepintió de inmediato. No porque quisiera marcharse, aunque durante unos segundos contempló seriamente esa posibilidad, sino porque ahora tendría doce minutos completos para pensar demasiado. Eligió una mesa cerca de la ventana, dejó el bolso en la silla contigua y miró el teléfono antes de guardarlo. Ningún mensaje de Gabriel. Mejor. Habían quedado a las diez y no necesitaba un aviso de que estaba saliendo de casa, otro de que ib