Ella arqueó una ceja. Sus ojos cálidos brillaron. —¿Eso era eso? —Sus labios permanecieron entreabiertos tras la pregunta, un coqueteo que solo sirvió de provocación para el diablillo que le susurraba al oído.
—Sí. —Él la observó, esperando una señal más, algo que le indicara que era buena idea hacer lo que quería.
Una oleada de calidez la inundó. —Si solo querías presumir, puedes hacerlo cuanto quieras. De todos modos, seguimos aquí. Ese era el trato.
Y ahí estaba. No era exactamente lo que él