Cómo el imbécil que era, no prestó atención a mis palabras, hacía lo que quería, y como lo quería. Era un desalmado hijo de puta.
Shandra se recostó a mi lado, parecía muy concentrado. Quien sabe que perversidades estarían pasando por esa cabecita malvada con cabello sedoso.
Acercó su mano a mi entrada pero en acto reflejo cerré las piernas.
_Abrelas ahora. - un destello oscuro se reflejó en sus ojos.
_Aun duele y ¿quieres que haga como si no pasara nada?- repliqué con molestia.
_Obedece antes de que se me acabe la paciencia.
_Maldito bruto. - me sentí frustrada.
Me cubrí los ojos descansando el brazo sobre el rostro, ya que para ese momento había comenzado a llorar de puro miedo, pero no era mi intención que me viera. Lo que menos quería era excitarlo más si de casualidad tenía un fetiche con las lágrimas de mujeres indefensas. Abrí las piernas despacio, incluso el simple hecho de moverlas me causaba escozor.
Shandra quién no tenía paciencia para nada, no me dió ni