El despertar no es una transición suave, sino una colisión violenta contra la realidad. Mis párpados pesan como si estuvieran sellados con plomo, y un sabor metálico y amargo «el rastro del sedante y del horror». Me inunda la boca. Por un segundo, la desorientación me envuelve; el techo no es de hormigón gris, sino de un blanco inmaculado con molduras elegantes. No huele a humedad ni a miedo, sino a sándalo, tabaco caro y ese aroma a bosque invernal que es la esencia misma de Lucien.
Intento mo