Para el mediodía, la casa se había convertido en un campo de batalla de evasión deliberada. Me había enterrado en la sala de estar con mi cuaderno de bocetos, los auriculares a todo volumen con música que en realidad no escuchaba, intentando perderme en líneas de carboncillo y sombreados. Mi cuerpo, sin embargo, me traicionaba a cada rato: cada movimiento en el sofá me recordaba lo adolorida que estaba, lo lleno que me había dejado él dos veces ya. Dos veces. En menos de veinticuatro horas.
Me