LIBRO DOS - CAPÍTULO 2

La luz del sol se colaba entre las persianas como una acusación. Desperté adolorida de las mejores-peores maneras: muslos doloridos, un palpitar sordo entre las piernas y la inconfundible pegajosidad de lo que habíamos hecho secándose en mi piel. Mis sábanas olían a él. A sudor, a esa colonia boscosa y a puras malas decisiones.

*¿Qué carajos, Lila?*

Me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo con fuerza. Mi hermanastro. Había dejado que mi hermanastro me follara sin protección anoche… le
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