La luz del sol se colaba entre las persianas como una acusación. Desperté adolorida de las mejores-peores maneras: muslos doloridos, un palpitar sordo entre las piernas y la inconfundible pegajosidad de lo que habíamos hecho secándose en mi piel. Mis sábanas olían a él. A sudor, a esa colonia boscosa y a puras malas decisiones.
*¿Qué carajos, Lila?*
Me quedé mirando el techo, con el corazón latiendo con fuerza. Mi hermanastro. Había dejado que mi hermanastro me follara sin protección anoche… le