Lucy estaba tumbada desnuda en la cama de su dormitorio, con las piernas abiertas de par en par como una puta desesperada. Metió tres dedos profundamente en su coño chorreante, bombeando con fuerza mientras su pulgar frotaba su hinchado clítoris en círculos rápidos. Los jugos cubrían su mano y empapaban las sábanas. A sus veinte años se mantenía cachonda todos los putos días. Lo único que anhelaba era polla, una polla gruesa, pesada y venosa que estirara su apretado coño y la arruinara para cualquier otro.«Joder… sí… dámelo más fuerte», jadeó. Sus caderas se movían salvajemente. Imaginaba a un hombre grande y musculoso inmovilizándola, metiéndole cada centímetro dentro mientras sus pesadas bolas golpeaban su culo. Quería que la llenara con semen caliente hasta que le chorreara por los muslos.Su coño se contrajo con fuerza. Sonidos húmedos y sucios llenaban la habitación. «Llena este coño codicioso…» El orgasmo la golpeó. Con la espalda arqueada y los dedos de los pies encogidos, cho
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