THOMAS
El bosque estaba vivo: las ramas gemían, el viento susurraba secretos y el inquietante ulular de un búho resonaba por encima de mi cabeza. Con cada paso, mis botas se hundían en la tierra húmeda, arrastrándome más profundo en el bosque. Los árboles parecían decididos a absorber la luz y cubrirlo todo de penumbra, aunque la luz de la luna intentaba abrirse paso entre el dosel. La sensación en mi pecho era más eléctrica y más aguda que el terror. Sentía un toque de anticipación. Esta noche