CAPÍTULO 2

Jasemin.

Malek me miró con interés, sutil y respetuoso, y asintió mientras mi hermana y yo hicimos una reverencia.

—Majestad…

—Un placer, Amal… Jasemin... ¿Nos habíamos visto antes? —Asentí ligeramente.

—En la coronación.

—Ah, sí… tú eras la que… —Sonrió más abiertamente—. La que casi derribo junto con mi hermano.

Asentí otra vez, con la mandíbula tensa.

—Sí. Me salvó el instinto de supervivencia.

Malek soltó una leve carcajada.

—Y quizás también el destino.

Pero yo no podía concentrarme en él porque Aaron se movió al final como si fuese a sentarse en alguna otra parte. Su presencia quemaba el aire a su alrededor, las chicas bajaban la mirada, y los nobles se volvían solemnes.

—¿Y disfrutas de la cena? —me preguntó Malek de nuevo, y tuve que parpadear.

Así que mentí.

—Mucho.

Malek asintió y cuando creí que podría respirar tranquila tras el saludo con el rey, él dio un paso más, literal y simbólicamente.

—Señor Almer —dijo el nombre con esa voz pausada que parecía más adecuada para la oración que para la guerra—. Me agradaría contar con usted y su familia en nuestra mesa esta noche.

Mi padre se irguió, como si la corona misma lo hubiese bendecido.

—Será un honor, majestad —asintió con tal entusiasmo que casi olvidó cómo caminar. Mi madre le apretó el brazo, contenida pero ansiosa, y Amal se colocó a su lado como una reina aprendida. Y yo… bueno, yo lo seguí porque no tenía escapatoria.

La mesa del centro era un símbolo en sí misma. Allí estaban los únicos que importaban: la reina Hadassa, con ese porte sereno que nunca delataba sus verdaderas emociones, su hija demasiado bella conversando con ella y Rashad, frío, con ojos de piedra.

Por el contrario, Malek, en todo su esplendor de rey. Y Aarón… Al otro extremo, oscuro y callado, con esa mirada que jamás pedía permiso para tocar.

Y lo hacía cada vez que nuestros ojos se encontraban, y yo sentía que me arrancaba el aire del pecho.

Nos acompañaba otra familia noble, los Emirash. Un padre de mandíbula cuadrada y dos hijas que no dejaban de sonreír como muñecas bien entrenadas; de hecho, una de ellas casi hiperventilaba cada vez que Aarón movía un dedo.

Malek conducía la conversación con elegancia, preguntando por tierras, por cosechas y por alianzas. Hadassa asentía con discreción mientras Rashad bebía y analizaba todo a su alrededor como un maestro.

Y Aarón… Aarón observaba en silencio, como un lobo rodeado de corderos que no ha decidido a cuál desgarrar primero, pero fue el padre de las chicas Emirash quien lo arruinó todo.

—Rey, Aaron… —dijo, con voz grave—, ¿ha considerado ya el matrimonio? Todos estaríamos más tranquilos sabiendo que alguien como usted se asienta. Quizás enamorarse no sea tan imposible para los de su sangre…

El silencio se hizo espeso y Aarón levantó la mirada, sonriendo, pero fue un gesto vacío, casi cruel.

—¿Enamorarme? —repitió con voz cargada de cinismo—. ¿Y para qué? Si puedo elegir a cualquiera o a todas. Veinte concubinas, treinta si hace falta. ¿Qué diferencia haría?

Hadassa dejó el tenedor con cuidado y lo miró.

—Aarón…

Él giró ligeramente el rostro hacia ella.

—Claro… mi madre, estaría encantada si elijo a una doncella de Radin, ¿no es así? —Y tomó su copa con elegancia, mirándola con una especie de dulzura disfrazada—. Me encantaría cumplir tus deseos, como Malek lo hace todo el tiempo.

La tensión se disparó en la mesa. Hadassa lo miró con un suspiro contenido y Rashad frunció el ceño como si lo amenazara con la mirada, mientras Malek apretó los labios.

Y yo… no pude evitar arquear una ceja con cinismo como si me burlara de él, pero lo había hecho a propósito y Aarón lo notó.

Entonces sus ojos se clavaron en mí como cuchillas cuando continuó.

—Puedo escoger a cualquiera, ahora mismo —dijo, dejando la copa sobre la mesa—. ¿Quién podría negarse?

Mi madre me apretó la mano por debajo y todos callaron.

Las chicas Emirash sonrieron con nerviosismo y Amal desvió la mirada por la tensión que se instaló. Pero yo no podía romper ese campo de batalla invisible que se tejía entre su mirada y la mía.

—Basta, Aarón… —dijo Malek muy bajo, con una voz tan templada como afilada, pero él no obedeció, por supuesto, hacía lo que se le daba la gana. Así que giró el rostro apenas y me soltó la daga.

—No, no basta… ¿Y si quiero que sea ella? ¿Y si quiero que seas tú? —sus ojos me miraron con intensidad y el tiempo se detuvo.

Las miradas volaron como cuchillos y la sangre me subió al rostro. Sentí la furia brotar desde el estómago hasta la garganta con su arrogancia, pero entonces, mi madre me sostuvo con más fuerza la mano, apretando su voz.

—Jasemin, por favor… no digas nada —literalmente fue como una súplica.

—Enviaré la invitación formal a tu casa —añadió Aarón, como si su palabra fuese ley—. Y me reuniré con tus padres… Será oficial.

Mi respiración se volvió un temblor, pero aun así, me solté, no podía hacer otra cosa.

—Ni en mil vidas, señor —dije con la voz firme como el acero—, ni en mil vidas aceptaría su propuesta. Incluso si estuviéramos en tiempos de guerra…

Un sonido de incredulidad recorrió la mesa como un relámpago. Aarón no se movió, solo su mirada se oscureció como si el abismo hubiese parpadeado.

Y como si no tuviera suficiente, seguí:

—Incluso si tuviera que arrodillarme frente al rey Malek —continué, temblando por dentro, pero erguida por fuera—, o ante cualquier noble dispuesto a tomarme por esposa, incluso a un pordiosero, lo haría sin chistar, con tal de no aceptar su propuesta.

Los murmullos estallaron como una tormenta en la mesa. Rashad golpeó la copa sobre el mantel y su ira brotó desde sus entrañas.

—¿Qué es esta ofensa?

No quería mirar a mis padres, ni siquiera yo misma sabía qué estaba haciendo, y fue Malek quien puso una mano en el hombro de Rashad, mirándome como si yo hubiese perdido la cabeza.

Su ceño se profundizó y luego apartó la mirada para posarla en su padre.

—Padre… —Y entonces, se volvió hacia mí.

Ahora sus ojos eran apacibles, claros y fijos.

—No tienes que arrodillarte ante nadie, Jasemin —dijo con suavidad—. Yo puedo elegirte también… Si lo aceptas.

La sangre se me congeló, no había salida, ni había espacio en mi estupidez, ni aire. Ni yo misma sabía lo que había hecho, solo dos hombres que no pedían permiso… y una corona que caía sobre mí como una cadena.

Aunque era claro que Malek de cierta forma se estaba colocando como escudo. Debía conocer muy bien al monstruo de su hermano para saber que podía venir.

Incluso lo hizo como cuestión de honor.

—¡Malek! ¡Aarón! ¡Basta! —la voz de Hadassa fue como un disparo que intentaba detener la guerra, pero ya era tarde.

Y yo… yo solo quería que aquello terminara.

Así que, con un nudo en la garganta y la dignidad hecha pedazos, asentí apenas y dije, afrontando mis consecuencias con los ojos nublados:

—Es un honor para mí, majestad… aceptar ser su esposa. De hecho, un privilegio… —mis labios vibraron y la mesa estalló en murmullos.

Mi madre me miró horrorizada, Amal no podía ni parpadear y Aarón…

Aarón me miró, no con sorpresa, sino con algo peor… Con fuego.

Y lo último que vi antes de apartar la vista de su rostro silencioso, frío y oscuro, fue una promesa brutal escrita en sus ojos.

“No he terminado contigo, apenas acabas de empezar a arder…”

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