ELIZABETH.
El regreso a la guarida fue como sumergirme en una pesadilla que había creído dejar atrás. Cada paso que daba por esos pasillos oscuros y lúgubres me recordaba las decisiones que había tomado, los errores que había cometido. Pero esta vez, estaba allí por una razón diferente. No para volver a esa vida, sino para destruirla desde dentro.
Héctor, o mejor dicho, el Diablo, me recibió con una mezcla de sorpresa y satisfacción. Aunque traté de mantener mi postura firme, sentía su mirada es