Elizabeth
Después de la muerte de Ela, el mundo se convirtió en un lugar vacío y desolado. La casa, que una vez había sido un refugio lleno de risas y amor, se sentía ahora como una tumba. Cada rincón, cada habitación, me recordaba a Ela, a su risa, a su voz, y al profundo amor que compartimos. La ausencia de su pequeña presencia era un peso aplastante en mi pecho, uno que no podía sacudirme por más que lo intentara.
Los días siguientes al funeral de Ela fueron borrosos, como si estuviera atrap