Las luces de neón parpadeaban, proyectando sombras en las paredes del club nocturno. La música retumbaba en los oídos del Señor Smith, quien se movía entre la multitud, tratando de perderse en el bullicio. Sabía que James había enviado mercenarios tras él, ya corría la información de que nuevamente los enemigos del hombre habían caído y él no podía permitir que lo atraparan. Sin embargo, no era fácil; la presión crecía y el sudor le empapaba la frente. De repente, una mano fuerte lo agarró del