El aroma cálido y envolvente del chocolate inundaba la cocina de Helen, una pequeña estancia que, aunque sencilla, se iluminaba con la risa cristalina de los mellizos. Maximiliano y Georgina, el lugar era inundado por la emoción de los pequeños, no podían contener aquel sentimiento mientras revolvían la mezcla espesa en un tazón grande. Helen los observaba con una sonrisa que hablaba de ternura infinita, guiándolos con paciencia mientras ellos ponían todo su empeño en seguir sus instrucciones,