C9-¿ESPERABAS QUE TE DIERA LOS BUENOS DÍAS?
Elizabeth desvió la mirada hacia un punto muerto de la habitación.
Gideon apretó la mandíbula. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no por placer… sino por rabia, por algo que no entendía, por una culpa que no pidió sentir.
—Maldita sea —escupió, alejándose—. ¿Por qué no dijiste nada?
Elizabeth cerró los ojos y se cubrió con la manta, como si eso pudiera protegerla de sus palabras, de su mirada, de lo que acababa de pasar.
—¿Para qué? —susurró—. ¿