ALFA ARREPENTIDO, PERDÓNAME MI LUNA
ALFA ARREPENTIDO, PERDÓNAME MI LUNA
Por: Jeda Clavo
Capítulo 1. Un Salvador..

El corazón de Yara latía como un tambor desbocado, golpeando contra la jaula de sus costillas mientras la perseguía la imagen de las manos de su madre, fuertes e inflexibles, empujando a la mujer sin nombre por el borde del acantilado.

Pegó un grito al despertarse.

—Aahhhhh —se levantó respirando entrecortadamente y sus ojos se abrieron de golpe hacia la seguridad de su habitación.

—Señorita Yara, tranquila, fue solo una pesadilla, todo está bien.

La voz de la doncella, calmada y tranquilizadora, atravesó la oscuridad de sus pensamientos como una hoja de plata.

—Lo sentí tan real, Marisol —susurró Yara, ocultando a duras penas el temblor que la sacudía por dentro.

—Los sueños son engañosos, señorita —respondió Marisol, retirando las sábanas de seda con mano experta.

Luego empezó a rebuscar en el armario y sus dedos bailaron sobre las telas hasta que se posaron en el vestido, el más hermoso que poseía Yara.

—Es el gran día de su madre —dijo Marisol, mostrando el vestido a la luz, el sol de la mañana filtrándose a través de él como si bendijera los finos hilos. —Debe lucir como la hija de la novia.

—¿Pero y si no me siento parte de todo esto? —. La pregunta de Yara quedó flotando en el aire, cargada de dudas—, ese no es mi mundo Marisol, mi mundo es aquí con ustedes.

—La vida cambia, señorita. Nosotros también debemos cambiar con ella — respondió Marisol, ayudando a Yara a ponerse el vestido, atándoselo lo bastante apretado como para recordarle que debía respirar, pero no tanto como para sofocar la ansiedad que hervía bajo su piel.

—Estás preciosa, es indudable que su belleza es inigualable, todos los chicos caerán rendidos ante sus pies —le aseguró Marisol, dándole un último toque con un delicado peine en el pelo.

—Eres una exagerada —murmuró Yara, aunque su reflejo le devolvía un hermoso reflejo.

Cuando llegó a la fiesta, todas las miradas se posaron en ella, unas llenas de admiración, otras de envidia y hasta otras de lascivia. El aire estaba cargado de susurros perfumados y el tintineo del cristal fino.

Sin embargo, Yara sentía el peso de los ojos sobre ella, como un grillete que le recordaba que no pertenecía al grupo. Deambuló entre la multitud, como un espectro en su propia vida, hasta que su mirada se cruzó con el hombre más apuesto que había visto en su vida, quien no era más que Brad, el hijo del Alfa Izan.

Estaba de pie al otro lado de la sala, alto y orgulloso como un árbol milenario, con su atlética figura como una silenciosa promesa de fuerza. Pero no era admiración ni curiosidad lo que parpadeaba en sus ojos acerados: era odio, crudo y desenmascarado.

"¿Por qué me mira así?" El pensamiento de Yara resonó en su mente mientras le devolvía la mirada, con la columna vertebral erguida en señal de desafío.

—Así que eres Yara —la voz de Brad llegó hasta ella, grave y afilada como una espada desenvainada—, no esperaba verte aquí.

—Se trata del enlace de mi madre. ¿Dónde más podría estar? —respondió ella, igualando su tono a la frialdad de él y sin entender por qué le hablaba de esa manera cuando ella no lo había visto nunca, por eso no entendía su animadversión.

—Quizás en cualquier lugar, menos aquí… no creo que sea conveniente… por cierto, soy Brad, el hijo del alfa Izan — replicó él, y sus palabras atravesaron el zumbido festivo de la multitud.

—Entiendo, al parecer no te ves muy contento con la unión de nuestros padres —expresó ella, desafiándolo con la mirada.

—Tengo muchas razones para no estarlo —replicó él, con la mandíbula tensa.

—Entonces tenemos algo en común —dijo Yara, encontrando una pizca de consuelo en su desdén compartido.

—Lo dudo mucho —se alejó Brad, dejándola en medio del jolgorio, sola con sus pensamientos y una creciente sensación de presentimiento.

Un rato después se sentía ahogada, necesitaba salir de allí para respirar aire fresco, así que decidió dar una vuelta por el jardín de la nueva casa de su madre.

El crepúsculo pintaba de tonos violetas y dorados el jardín, mientras ella paseaba, su cabello flotando como un manto etéreo tras ella. Su belleza, inmaculada y deslumbrante, hacía voltear a cada criatura, humano o no, que se cruzaba por su camino.

Mientras iba por una caminería se le atravesaron un trío de jóvenes que le cortaron el paso.

—Disculpen —dijo suavemente, controlando el temor que la invadió— ¿Podrían dejarme pasar?

—¿Dejarte ir? —rió uno con una sonrisa torcida, mirándola de arriba abajo —. No antes de que sepamos cómo se siente tener sex0 con una humana.

—Por favor —imploró ella, el corazón, latiéndole en la garganta al intentar retroceder.

—Tranquila, linda —gruñó otro, agarrándola por la muñeca—, te va a gustar lo que te vamos a hacer.

—¡Suéltenme! —. Gritó, intentando zafarse, pero las manos de los jóvenes eran garras de deseo.

Uno la empujó con fuerza hacia la hierba, y comenzó a desgarrarle la tela de su vestido con ansias salvajes, mientras emitían salvajes gruñidos, al mismo tiempo que se lanzaba sobre ella.

—¡No! —susurró ella, la mente girando en un torbellino de terror y vergüenza.

De repente, sintió cómo la liberaban de un peso, una sombra se posaba por encima de ellos. Era Brad que había aparecido, su figura imponente irrumpiendo en la escena como un vendaval de justicia.

Con un rugido de furia, arrancó al joven de encima de ella, sacó sus garras y comenzó a destrozar al hombre.

—Debieron irse cuando podían —gruñó Brad entre dientes, su mano destrozando la mandíbula de otro atacante.

Yara se recogió, temblando, las lágrimas, manchando la tierra debajo de ella mientras se abrazaba, buscando protección en su propia vulnerabilidad, porque no entendía lo que ocurría.

—¡Porque ya no podrán hacerlo! —rugió Brad, enviando al tercero a tropezar hacia la oscuridad del bosque.

Luego se giró hacia ella y la tocó con suavidad.

—Estás a salvo —, su voz ahora era un bálsamo suave. Se acercó, extendiendo sus brazos para envolverla en un refugio seguro.

—Gracias —murmuró ella, permitiéndose ser sostenida, creyendo, solo por un momento, que, tal vez, podría estar realmente a salvo en este mundo donde la fantasía y el peligro bailaban tan cerca el uno del otro.

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