Mundo ficciónIniciar sesiónUnos meses después...
La Manada de las Tierras del Norte celebraba. El valle vibraba con tambores y antorchas, pero para Arianne, el vestido de seda ceremonial se sentía como una mortaja.
Meses habían pasado desde que Axel la llamó "patética" y la expulsó de su vida. Meses en los que su loba, Nova, no había dejado de aullar por el mate que las abandonó.
—Estás preciosa —su tía le acomodó un mechón de pelo, rompiendo su trance—. Pero esa mirada... parece que vas al matadero en lugar de al altar.
Arianne forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Es el deber, tía. El Consejo fue claro: una heredera huérfana no puede estar sola. Si Axel no me quiere, Ezequiel lo hará.
"Mentira", pensó Arianne mientras caminaba hacia el altar de piedra. Ezequiel no quería su corazón; quería su linaje y el poder de las Tierras del Norte. Al verlo allí, con su pelaje rojizo y su sonrisa impecable, Arianne sintió una náusea repentina. Su cuerpo rechazaba instintivamente el contacto cuando él tomó sus manos.
—Estás hermosa, mi futura Luna —susurró Ezequiel. Su aliento olía a ambición.
El anciano de la manada comenzó el rito.
—¿Aceptas, Arianne de las Tierras del Norte, vincular tu alma a...?
Un aullido desgarrador cortó el aire, congelando la sangre de los presentes. No era un aullido de celebración. Era un rugido de guerra.
De las sombras del bosque emergieron lobos gigantes, más oscuros y feroces que cualquier guerrero visto antes. Eran máquinas de matar que despedazaron la formación de defensa en segundos. El caos estalló: gritos, transformaciones apresuradas y el olor metálico de la sangre manchando las flores del festival.
Ezequiel gruñó, empujando a Arianne detrás de él mientras sus ojos brillaban en rojo.
—¡¿Quién se atreve a interrumpir mi unión?! —rugió.
Entonces, el aire vibró. Una presión invisible cayó sobre el valle, obligando a los lobos más débiles a hincar las rodillas. Arianne sintió un calambre eléctrico recorrer su columna. Nova, su loba, se volvió loca en su interior, saltando de alegría y terror al mismo tiempo.
Reconocimiento.
La multitud se abrió con una reverencia forzada por el miedo. Una figura imponente avanzó entre las ruinas del banquete. Llevaba una armadura negra que resaltaba su pecho masivo y sus hombros anchos. Su rostro, de una perfección gélida, no mostraba ni una gota de sudor tras la masacre.
Pero fueron sus ojos los que detuvieron el corazón de Arianne. Un oro fundido, metálico y carente de piedad.
—¿A... Axel? —el nombre salió de sus labios como un suspiro herido.
Axel no la miró con amor. Ni siquiera con nostalgia. Su mirada recorrió el altar, se detuvo en las manos unidas de Arianne y Ezequiel, y una chispa de desprecio cruzó sus facciones.
—Veo que la "patética devoción" de la que hablabas tenía fecha de caducidad —dijo Axel. Su voz era un trueno que acalló los lamentos de los heridos—. He venido por lo que me pertenece por derecho de conquista. Y tú, Arianne, todavía tienes una deuda conmigo.







