Un avión privado llegaba al aeropuerto de Edimburgo, y en la sala de espera para vuelos privados ya se encontraban Wyatt y Logan.
El señor Benjamín estaba más que feliz por la llamada de su hijo esa mañana, así que había enviado por él de inmediato.
Se sentía orgulloso de que por fin se hiciera cargo de lo que le correspondía, y satisfecho de que su método para hacerle ver las cosas hubiera funcionado, aun contra los pronósticos de su esposa.
El vuelo fue relativamente corto; en poco más de una