A la mañana siguiente, camino a nuestro desfile hacia la esclavitud, con un dolor un poco agudo en mi estómago, esa punzada incómoda la reconozco desde hace un tiempo, pero como toda vieja terca, no quise decirle nada a mi hermana y así me vine a trabajar.
—Buenos días, Chucky. —saluda Andrea.
—Buenos días, pecas. —Se cruza de brazos con una expresión de extrañeza.
—Oye Chucky, te ves un poco pálida ¿estás bien?
—Creo que solo es indigestión, ya se me pasará. —barro mi mano en el aire para n