Tiziano me llama para que salga, ya que están esperándome fuera de casa. Stefano, sale del lado del copiloto, nos saludamos con un beso en la mejilla y me sostiene la puerta mientras él se pasa al asiento de atrás.
—Gracias, primo.
—De nada, jefa. —Tiziano rueda los ojos.
—Ya empiezas a lamer botas. —Lo regaña mientras me saluda igual que su hermano.
—¿Qué? —se queja el otro —es mi jefecita de mi corazón— se defiende, los tres reímos. Suspiro de manera audible.
—¿Nerviosa? —pregunta Tiziano