Y Xander entendió lo peor;
no era la primera vez que Hipólita lo traía de vuelta ahí, solo que esta vez era más consciente.
Hipólita dejó de hablar.
Sus palabras se diluyeron, arrastradas por el sedante, hasta que su respiración se volvió más lenta, más profunda.
Xander no se movió.
La observó unos segundos más, como si necesitara comprobar que, incluso dormida, no iba a seguir hablando.
—Se durmió —murmuró el médico.
Xander no respondió.
—La carta, señor…
El empleado dio un paso al fr