En el lujoso interior de una amplia casa rodante Rolls-Royce, una tenue luz se filtraba desde afuera y acariciaba el rostro apuesto del hombre. Con su imponente estatura, cruzaba las piernas con comodidad, una sobre la otra. Este hombre era Claus, quien había llamado a Estrella hace dos horas para decirle que tendría que quedarse a trabajar hasta tarde. En ese momento, escuchaba a sus subordinados informarle sobre la situación que se desarrollaba delante de ellos.
Inicialmente, habían extendido