Felipe
Ver el rostro de mi chica bañado en lágrimas fue como ver mi propia alma desmoronándose. Cada sollozo que escapaba de sus labios vibraba dentro de mi pecho, un eco de todo el dolor que cargamos en silencio por años.
No aguanté la distancia, ni siquiera los pocos centímetros que nos separaban. La atraje hacia mis brazos con una urgencia casi desesperada, queriendo que ella sintiera, a través de mi tacto, que el tiempo de sufrir se había acabado.
— Ey, mírame... Por favor, no llores así —s