Kamila
No sé cómo logré llegar a casa. Después de que Felipe se alejó y dejó la carretera libre, tardé unos buenos minutos en lograr arrancar el coche. Mis manos temblaban tanto que tuve que sujetar el volante con fuerza para no desviarme de la pista. La carretera de tierra golpeaba fuerte en el fondo del coche, y cada impacto parecía un puñetazo en mi pecho.
Las palabras que intercambiamos resonaban en mi cabeza en un bucle cruel: “Me arrepentí de todo”, “Te amo, no puedes estar terminando