Al regresar a la ciudad, el trabajo absorbió a Bailey. Llegaba tarde a casa y, aunque algunas noches ella ya dormía, siempre despertaba envuelta en su cálido abrazo. Le dolía verlo esforzarse tanto por su cuenta, sobre todo porque se negaba rotundamente a que ella trabajara, así que se propuso cuidarlo con esmero.
Sin embargo, su amoroso esposo siempre le rogaba que lo bañara cada mañana, y aquello nunca era solo un baño.
¡Plas, plas, plas!
El sonido de piel contra piel resonaba en el baño todas