Con el pantalón de Zoey por los tobillos, la frustración que Bailey Reed acumulaba desde su jornada en la oficina volvió a encenderse con ferocidad. El deseo exigía saciarse tanto como el cansancio pedía sueño, y la pasión lo impulsaba a poseer a su esposa en ese mismo instante.
Bailey acababa de azotarle las nalgas con el miembro ya libre del pantalón. El ardiente golpe envió una violenta descarga por la columna de Zoey, como una chispa de estática en el aire seco. Los dos ardieron juntos como