Pierre
La vi irse.
Desde el balcón del segundo piso, con la copa en la mano, observé cómo cruzaba el jardín sin mirar atrás.
Tan elegante. Tan segura. Como si no debiera explicaciones. Como si no cargara con una historia de mierda a mis espaldas.
La muy perra sabía exactamente lo que hacía.
Tomó el auto con una calma teatral, como si nada en el mundo pudiera tocarla. Pero yo ya la había destrozado una vez. Y eso fue suficiente.
Marqué.
—Síguela —le dije al idiota del otro lado—. Que no lo note