SANTIAGO CASTAÑEDA
En ningún momento cerró sus ojos, sus iris verdes se quedaron clavados en mi rostro, con la plena confianza de que no sería capaz de dispararle a ella… y tenía razón.
Antes de jalar el gatillo levanté el arma hacia el techo. Pequeños pedazos de yeso cayeron y la bala se quedó encapsulada en la losa. El rugido del cañón se quedó vibrando en nuestros oídos por breves segundos mientras los hermosos ojos de Alex soltaban lágrimas silenciosas que caían por sus mejillas.
Se acerc