Pasaron los años y la historia de las veinte monedas dejó de ser una historia que se contaba únicamente dentro de la familia. En las escuelas algunos maestros la utilizaban para explicar por qué aprender a leer podía cambiar una vida. En los talleres se hablaba de Samuel y de la promesa de enseñar a quien llegara después. En Valle Seco todavía conservaban el primer cuaderno de Isabel y en la Casa del Río seguían añadiendo páginas al gran libro de la red. Mariana ya no conocía todos los nombres.