Durante los días siguientes, Don Tadeo mantuvo su decisión. Ya no caminaba cada mañana hacia los cultivos. Permanecía en el porche, escuchaba las noticias del campo y hacía preguntas cuando Marcos regresaba. Al principio el muchacho interpretaba cada pregunta como una prueba. Poco a poco comprendió que el anciano ya no intentaba corregirlo. Solo quería saber cómo pensaba. Doña Rosa parecía satisfecha con el cambio, aunque vigilaba a su esposo con una atención que Don Tadeo encontraba exagerada.