Ernesto volvió a leer la carta de su hermana.
Lo hizo una segunda vez y después una tercera, como si esperara descubrir entre aquellas líneas una explicación diferente. Pero las palabras no cambiaron.
Carolina estaba pidiendo ayuda.
Su hermana menor, la niña que durante años había recorrido los corredores de la casa familiar procurando no hacer ruido, estaba a punto de ser obligada a casarse con un hombre al que apenas conocía. La ceremonia se celebraría dentro de diez días y el hermano mayor d