El trayecto en el ascensor desde el Sótano 3 hasta la suite principal fue un viaje a través de un vacío absoluto. Las puertas de acero dorado reflejaban una imagen distorsionada de ambos, pero Victoria ni siquiera parpadeaba. Estaba rota. El eco de los sollozos de su padre —del hombre que la había envuelto en una mentira y entregado a los lobos para salvar su propia piel— aún resonaba en el interior de su cráneo como un disco rayado.
«Te ofrecí como pago. Tú eras mi única moneda de cambio».
Esa