El Sótano 3 no olía a encierro; olía a cobardía. El aire frío y húmedo se pegaba a la piel, pero Victoria apenas lo sentía. Estaba paralizada, con la seda carmesí de su vestido rozando el suelo de concreto mientras sus ojos se clavaban en la figura patética que temblaba en el centro de la habitación.
No había cadenas. No había instrumentos de tortura. Solo una silla de metal y un hombre que lloraba con el rostro escondido entre las manos.
—Papá… —el susurro de Victoria se rompió en su garganta.