El sonido de un mensaje entrando en el teléfono desechable, oculto en el forro de mi vestido, fue apenas un zumbido imperceptible. Para cualquier otra persona en el comedor, habría pasado desapercibido bajo el pesado silencio que siguió a la ejecución de Anatoly. Pero para mí, fue como el repique de una campana fúnebre.
Aleksei seguía detrás de mí, su respiración cálida rozando mi cuello desnudo. Estaba saboreando mi aparente frialdad, creyendo que la oscuridad que yo proyectaba era un reflejo