—Pero en serio, Carla, qué descarada —exclamó una de las mujeres con asombro.—Oigan, no me importa. Solo quería pruebas —respondió Carla y se encogió de hombros—. Además, últimamente me da mucho más dinero. La verdad, me sorprende que su esposa todavía no se haya dado cuenta de que lo ascendieron. O sea, ¿cómo puede ser tan ciega? ¿Hellooo?Las tres se echaron a reír.—Bueno, ya saben lo que dicen. Cuando una mujer no trabaja, se convierte en una mantenida sin cerebro que no hace más que quedarse sentada esperando que le den todo.—Más le vale prepararse para que la dejen en la calle.Selena y Fabiana intercambiaron una mirada. En esa oficina, absolutamente todos sabían quién era el compañero más cercano de Carla. Anton, el esposo de Selena.Fabiana agitó la cabeza en señal de disgusto. Selena, en cambio, sintió que el último hilo de su autocontrol se rompía. Un dolor punzante le atravesó el pecho.Así que así era como Anton hablaba de ella con su amante.—Ejem. —Selena carraspeó con
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