El aire acondicionado del Registro Civil de Cartaluz zumbaba con un zumbido monótono y frío, una burla directa al calor sofocante que se filtraba a través de los enormes ventanales venecianos. Miré el segundero del reloj de oro que mi madre me había regalado en mi graduación. Las doce y cuarto. Quince minutos de retraso. Nada grave, me dije a mí misma, apretando con suavidad el ramo de rosas blancas que empezaba a sudar en mis manos temblorosas. Cinco años de noviazgo no se borraban por un atasco en la avenida principal. Cinco años de ilusiones, de cenas compartidas, de confidencias a media luz y de soportar los desplantes sutiles de la alta sociedad que siempre me vio como una advenediza afortunada por haber atrapado al heredero menor de los León o, mejor dicho, a los círculos cercanos a la élite. —Tranquila, Vanessa. Seguro que un imprevisto con el tráfico lo retuvo —murmuró Clara, mi única amiga presente, frotándome la espalda con una mano que tampoco dejaba de temblar. Asentí co
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